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Revista de Life Extension

LE Magazine junio de 2003

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Un pedazo de mi mente
Un ensayo en deseo

Howard L. Harrod, doctorado Nashville, Tennessee
Reimpreso del diario del americano
Asociación médica (JAMA), el 19 de febrero de 2003.

La caída y el invierno de 1993 eran entre los mejores tiempos de mi vida. Era 62 años y trabajo en un libro acerca de rituales del animal del nativo americano; mi esposa, Ana María, preparaba un papel en sociología ambiental. Nuestras vidas intelectuales eran llenas. Y puesto que vivíamos en una área remota cerca de la frontera y del Parque Nacional Glacier canadienses, la belleza espectacular nos rodeó. Durante la caída, pusimos en leña, tomamos alzas largas, y alimentamos nuestras almas en la curruscancia y la soledad magníficas que caen en la tierra antes de invierno. Después de que la gama principal de Rocky Mountains fuera cubierta con nieve, pasamos la lectura larga de las tardes. Durante esa parte del día no entregado a la escritura y a la investigación, aventuramos adelante en los esquís a campo través.

Volvimos a Nashville en diciembre para pasar la Navidad con nuestros niños, nietos, y familias extensas. En la impulsión detrás, experimenté una urgencia para orinar que no sería negada. Afortunadamente, un campo de maíz abandonado apenas de la autopista sin peaje proveyó de mí la suficiente cubierta y bendijo alivio. Tranquilizado por las pruebas previamente normales del PSA, estaba seguro que la posibilidad de la infección era alta y que concertó una cita con un urólogo.

La infección no fue detectada, pero mi nivel del PSA había subido perceptiblemente. Mi urólogo sugirió fuertemente una biopsia del ultrasonido. Los resultados: un cáncer de rápido crecimiento, probablemente muy agresivo. Pasé mucho de enero que revisaba ansiosamente opciones, pasando tanta hora como sea posible en la biblioteca de Facultad de Medicina en Vanderbilt. Las alternativas eran vergonzosas. Era gradualmente más profundamente enterado que los riesgos significativos y las ventajas inciertas acompañaron cada terapia y que las trayectorias alternas fueron disputadas.

Después de revisar la investigación, la consulta adicional con mis médicos, conversaciones largas con mi esposa, y escuchar mi propio cuerpo, decidíamos que la cirugía era la mejor opción para mí en aquel momento. Tan a principios de 1994 incorporé el centro médico de Vanderbilt y experimenté la cirugía para el retiro de mi próstata. El cáncer se había separado a mis ganglios linfáticos pero, no se había extendido por metástasis agradecidamente a mis huesos.

La terapia de la hormona era el curso del tratamiento recomendado, así que comencé inyecciones mensuales de Lupron. Cada mes sobre entrar en la clínica de Vanderbilt, una inundación de memorias barrida sobre mí pues reviví los aspectos de la operación y me desesperé de qué me había sucedido. Finalmente, después de un año de tratamiento, decidía abandonar mis testículos.

Después de que el orchiectomy yo todavía pudiera físicamente hacer casi todos que quise. Pero era impotente, y a pesar de la consideración de todas las posibilidades, de los implantes peneales a las bombas, permanecía en un estado de la desesperación. Como consecuencia de intentar arreglar este enredo emocional complejo, era gradualmente enterado de cómo profundamente mi socialización del género había estado. No sólo me un sentido del tener habían mutilado, yo también había perdido las mismas capacidades que fueron asociadas simbólicamente a edad viril en sociedad americana. Tenía no más una próstata, era incapaz de una erección, y no tenía ningún testículo. Más fundamental, había perdido la capacidad de experimentar deseo.

La pérdida súbita de líbido produjo las formas que sufrían de mí no había anticipado. Las formas iniciales fueron estimuladas por mi contexto: Enseñé en una universidad cada día; en campus y a otra parte, encontré a la gente joven cogida de lleno en las hormonas que rabiaban. Porque había perdido la capacidad de experimentar el deseo no significó que memorias del deseo me no atormenté. Rodeado por la presencia de eros joven, expresado en las formas de miradas de tacto o que deseaban, comencé a sentir un peso machacante de pérdida. ¿Por qué esto sucedía? Con todo la mina era una sexualidad madura integrada completamente, yo pensó, en mi personalidad.

Pero tales experiencias continuaron y produjeron el sufrimiento creciente. La vista de los varones jovenes que caminaban a través del campus me atormentó. Comencé a envidiar sus capacidades y, lo más fundamental posible, su posesión de lo que había perdido. Odié estas sensaciones; y me odié a veces para tenerlos. Pero eran difíciles de suprimir, y continuaron rompiéndose en las floraciones feas en mi experiencia. Pues aguanté el sufrimiento producido por fantasías indeseadas, finalmente comencé a ver qué lo producía. Como una gama de montañas que aparece en la distancia, esas estructuras del significado que habían formado las capacidades para mis respuestas eróticas vinieron gradualmente en foco.

Cuando estos significados se ponían más de manifiesto, enfrenté una idea que había leído alrededor en literatura por los escolares feministas: la sexualidad masculina era excesivamente genital en su foco. El enfrentamiento de esta idea en un nivel emocional profundo rompía; y permitir que tenga un impacto afectivo en mi experiencia comenzó a deconstruct mis expresiones previamente tomar-para-concedidas del placer erótico. Como consecuencia mi socialización masculina, cómo estuvo restringido estos “placeres” ahora apareció, y, más doloroso, de mí comenzó a detectar cuánto había faltado.

Todo el esto no era nuevo a mi esposa. Ella había estado diciendo muchas de estas cosas por años, pero no escuchaba. La pérdida de capacidades, partes del cuerpo, y en qué pensé pues mi maleness esencial era menos importante para ella que la intimidad que acompañó otras formas de comunicación recíproca: tocando, sosteniéndose, compartiendo sensaciones, y estando profundamente presente a otra. Como consecuencia de estas penetraciones, un repugnancia asombrosamente se presentó en mí, y ahora comencé a odiar mis respuestas sexuales anteriores: cómo son insensibles, estrechos, y compulsive habían sido. ¡Y, en una frase que parecía resumir todos que sentía, cómo es cabruno!

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